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Carta a mi madre ausente
Si estuvieras conmigo madre amada, estos días sin sol fueran dorados, no sería la tarde desolada y mis pasos nunca más equivocados.
Si estuvieras conmigo me sería, todo luz, todo ilusión, todo esperanza; todo color como el sol de un nuevo día que empieza a aparecer en lontananza.
Los azules días de la niñez temprana,
Los marcaste con la luz de tu dulzura,
Me despertaba tu amor cada mañana,
Con palabras sentidas de ternura.
Ya no volverá tu voz en mi desvelo
Ni en puntillas tu silueta hasta mi lecho
Ni tendré de tus brazos el consuelo
ni los hondos suspiros de tu pecho.
Ya no volverán las tardes del verano
Ni tu voz serena consolando mis enojos
lejana quedó tu cariñosa mano
Acariciando mis sienes y mis ojos.
Atrás quedaron los cuentos inventados
Del gato aquel que perseguía las estrellas,
Del viejo roble que adornaba los arados
Y mil historias de color a cual más bellas.
Lejos quedó la verde primavera y están lejos los días de la infancia, lejos quedaron en la inmensa esfera y los cubre el sin fin de la distancia.
Lejos queda mi niñez, lejos se esconde y galopan mil recuerdos por mis venas y tu voz escucho a veces no sé dónde, perturbada por los ecos de mis penas.
En mis noches infinitas te recuerdo y es el hada de mi amor que te reclama, sin final y sin consuelo yo me pierdo a inventarte en mi plegaria que te llama.
Estas grises soledades me serían luz y viento, sol de otoño y alborada y conmigo estas tormentas reirían, si estuvieras conmigo MADRE AMADA!!!
Hever Sánchez Martínez.
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