Obras de Benjamín Carrión
Atahualpa
Textos escogidos:
Caxamarca
Anocheció en la mitad del día
CAXAMARCA
"Atahuallpa era hombre de treinta años, bien apersonado y dispuesto,
algo grueso; el rostro grande, hermoso y feroz; los ojos encarnizados
de sangre; hablaba con mucha gravedad, como gran señor; hacía
muy vivos razonamientos y entendidos por los españoles,
conocían ser hombre sabio; era hombre alegre, aunque crudo;
hablando con los suyos era muy robusto y no mostraba
alegría..."
Francisco de Xeres
Verdadera relación de la conquista del Perú
y provincia del Cuzco
Caxamarca quiere decir "lugar de hielo". Herex afirma que el día de
la entrada de los conquistadores "desde a poco rato comenzó a llover
y caer granizo". Se cubrió el sol, que había lucido la mañana
entera, y con un violento prólogo de nubes negras, de truenos y
relámpagos, se precipitó un aguacero torrencial, con granizada,
de esos tan propios de las tierras altas del trópico.
Durante el aguacero, Pizarro ordenó el acampamiento de las tropas
en los grandes aposentos que cierran la plaza mayor de Caxamarca; cuando
pasó la lluvia, y queriendo afirmar en todo momento una impresión
de impavidez y de seguridad, llamó a Hernando de Soto, el más
joven e inteligente de sus capitanes, y le ordenó que con un grupo
de quince de a caballo fuera al campamento de Atahuallpa, a presentarle el
saludo del jefe de los hombres blancos y a expresarle que desea mucho verlo
y hablarle en nombre de su señor, el rey de las Españas y emperador
de todo el mundo, para ofrecerle amistad y alianza contra sus enemigos.
Partió Soto, caracoleando su caballo por la ancha calzada que, desde
Caxamarca, lleva derechamente por entre arbolados y flores y atravesando
la zona de cultivos a los baños termales de Cónoc, donde
actualmente reside, rodeado de su corte y de millares de indios de esas marcas,
el inca.
Tarda en regresar el capitán De Soto y el sol ya va a ocultarse. Pizarro
--y con él todos los españoles-- comienza a sentir inquietud
y para calmarla, llama a su herrmano Hernando "el viejo", famoso por su
arrogancia y su temeridad, y le ordena que vaya en busca de Soto, a reforzarlo
si fuere necesario.
Mientras tanto, Hernando de Soto había llegado ya delante de Atahuallpa,
guiado y ayudado, muy comedidamente, por los mismos indígenas. Pero
a pesar de haber sido recibido casi con afecto, no ha podido obtener una
respuesta, ni siquiera una mirada de parte del inca. Habla Francisco de Xerez,
secretario de Pizarro: "...estaba --el inca-- a la puerta de su aposento,
sentado en un asiento bajo, y muchos indios delante dél, y mujeres
en pie, que cuasi lo rodeaban; y tenía en la frente una borla de lana
que parecía seda, de color de carmesí, de dos manos, asida
de la cabeza con sus cordones, que le bajaba hasta los ojos; lo cual le
hacía mucho más de lo que él es: los ojos puestos en
tierra, sin los alzar a mirar á ninguna parte; y como el
capitán --Soto-- llegó ante él, le dijo por la lengua
o faraute que llevaba, que era un capitán del Gobernador; y que le
invitaba á le ver y á le decir de su parte el mucho deseo que
él tenía de su visita; y que si le plugiese de le ir
á ver se holgaría el señor Gobernador; y que otras razones
de dijo, á las cuales no le respondió ni alzó la cabeza
a le mirar, sino un principal suyo respondía a lo que el capitàn
hablaba. En esto llegó otro capitán --Hernando Pizarro-- adonde
el primero había dejado á la gente, y preguntóles por
el capitán y dijéronle que el hablaba con el Cacique. Dejando
allí la gente, pasó el río, y llegando cerca de donde
Atabalipa estaba, dijo el capitán que con él estaba --Soto--:
"Este es un hermano del Gobernador; háblale que vine a verte". Entoncesalzó los ojos al Cacique y dijo: "Maizabilica, un capitán que
tengo en el río de Zuricara, me envió a decir como tratábades
mal a los caciques, y echabadéslos en cadenas; y me envió una
collera de hierro, y dice que él mató tres cristianos y un
caballo. Pero yo huelgo de ir mañana á ver al Gobernador y
ser amigo de los cristianos, porque son buenos". Hernando Pizarro
respondió: "Maizabilica es un bellaco, y a él y a todos los
indios de aquel río matara un solo cristiano; cómo podía
él matar cristianos ni caballo, siendo ellos unos gallinas? El gobernador
ni los cristianos no tratan mal los caciques si no quieren guerra con
él, porque á los buenos que quieren ser sus amigos los trata
muy bien, y á los que quieren guerra se la hace hasta destruirlos;
y cuando tú vieres lo que hacen los cristianos ayudándote en
la guerra contra tus enemigos, conocerás como Maizabilica te mintió.
--Atabalipa dijo: "Un cacique no me ha querido obedecer; mi gente irá
con vosotros y hareísle guerra". Hernando Pizarro respondió:
"para un cacique, por mucha gente que tenga, no es menester que vayan tus
indios, sino diez cristianos a caballo lo destrurán". Atabalipa se
rio y dijo que bebiesen; los capitanes dijeron que ayunaban, por defenderse
de beber su brebaje. Importunados por él lo aceptaron. Luego vinieron
mujerers con vasos de oro, en que traían chicha de maíz. Como
Atabalipa las vido, alzó sus ojos á éllas, sin les decir
palabra, se fueron prestó, é volvieron con otros vasos de oro
mayores, y con ellos les dieron a beber. Luego se despidieron, quedando Atabalipa
de ir a ver al Gobernador otro día por la mañana".
Al regresar de la visita al inca, Hernando Pizarro y Soto expusieron sus
impresiones sobre Atahuallpa, las probables intenciones del indio y las fuerzas
de que, en la actualidad, podía disponer. Su información fue
resueltamente pesimista, aun cuando, con mucho fervor e insistencia, declararon
que las buenas intenciones manifestadas por Atahuallpa les parecían
sinceras. La superioridad numérica de los indios era desmesurada:
acaso más de treintamil. Y ellos, los españoles, no llegaban
a doscientos... Ni la fanfarronería de Hernando Pizarro conseguía
ocultar su real preocupación.
Era el clímax de la aventura. Había que decidirse. El gobernador
reunío a los frailes, al tesorero y a los principales capitanes en
consejo. Y expuso su plan, el único, a su juicio, que correspondía
a la situación: insistir ante el inca para que fuera a Caxamarca.
Y cuando haya llegado al centro de la gran plaza triangular "mayor que todas
las de España", atacarlo sorpresivamente en medio de sus indios
--que no podían entrar todos en la plaza para defenderlo, por la estrechez
de la única entrada-- y hacerlo prisionero.
Después de los informes de Hernando Pizarro y Soto, el estado de
ánimo de los aventureros era penoso. "Los españoles estaban
todos en un galpón, llenos de miedo, y ninguno parescía por
la plaza", cuenta Pedro Pizarro y luego agrega: "porque yo vi a muchos
españoles que, sin sentirlo, se orinaban de puro temor". Las resoluciones
del gobernador, en este estado de acobardamiento, produjeron sorpresa y
desconcierto. Pero Pizarro las justificó: regresar demostrando a los
indios "miedo y pavoría" era suicidarse; serían perseguidos
por todos los caminos y las sierras para ellos desconocidos, acosados como
fieras en fuga, aniquilados; continuar en este plano de amistad con el inca,
cuya leyenda de ferocidad era terrible, era sencillamente debilitarse, destruir
el prestigio sobrehumano que los hacía fuertes, convertirse en hombres
iguales a los indios, sujetos a sucumbir en cualquier momento de capricho
o sospecha de Atahuallpa, pues que su número --en el plano de simples
hombres-- es irrisorio, comparado al de los indígenas. Recordó,
en cambio, los éxitos de la sorpresa, los resultados maravillosos
de la decisión: Pueblo Quemado, Atacámez, Puná,
Túmbez. Su arenga se hizo declamadora y heroica --tónica
española-- y consiguio galvanizar el ánimo de los soldados.
Se convino el plan. Se dispuso la colocación de infantes, arcabuceros,
ballesteros, jinetes. Se ordeno la guarda de las entradas de la plaza. Cuando
el inca --con su cortejo más inmediato-- penetrase en ella, el prior
de los frailes. Vicente de Valverde se acercaría a Atahuallpa, seguido
por intérpretes y soldados, en actitud de paz. Luego, Pizarro de
adelantaría a recibirlo; y en esos momentos, haría una señal
y, a la voz de "Santiago y a ellos", se desarrollaría un ataque aparatoso,
con ruidos de clarines y trompetas, tambores y detonaciones. Pizarro,
personalmente, haría prisionero al inca.
La suprema velada de armas de los conquistadores fue una noche de hombría
tensa y siniestra. Casi nadie durmio. Los frailes se pasaron la noche confesando
gentes y rezongando preces; y cuando al amancer la legión española
estaba en pie, Fray Vicente de Valverde cantó en medio de la plaza,
ante las tropas arodilladas:
- Exurge, Domine, in ira tua...
- "Levantáos, Señor, en vuestra cólera...".
Y continuó la prez fanática y llena de odio: "He aquí
el día profetizado por el angel del Apocalipsis; esta es la tierra
corrompida, donde los reyes están prostituidos y los pueblos embriagados
de tornación; el diablo es sobre los altares, y con su brillo oculta
al Dios Verdadero; el dragón marchará contra nosotros con el
ocico lleno de blasfemias, pero el fuego del cielo caerá sobre la
tierra. Entonces vosotros escucharéis las arpas y contemplaréis
la Nueva Sión, con murallas de Jaspe, con palacios de oro puro, con
calles empedradas de piedras preciosas y las puertas hechas de nácar...".
- Exurge, Domine, in ira tura...
"Levantáos, Señor, en vuestra cólera; presentaos con
toda vuestra magestad en medio de vuestros enemigos...".
De lo alto de una torre, un vigía anuncia que, en la colina de
Cónoc, se esta levantando el campamento de Atahuallpa, sin duda para
dirijirse a Caxamarca. Pero en ese mismo instante, un enviado del inca se
presentó para decir que la visita no sería sino al día
siguiente.
Pizarro se contraría visiblemente, pues comprende que una espera larga
relajaría la tensión de nervios en que se hallaban sus hombres
y, con la reflexión, volvería el miedo. Psicólogo
inconciente, Pizarro intuyo que la vibración nerviosa que había
logrado imprimir a sus tropas por medio de sus discursos, si se prolongaba
demasiado, traería consigo un depresión, vecina de la
cobardía, del pesimismo reflexivo que obsta a la acción temeraria
y brutal. Así, pues, con su mismo mensajero pidió al inca,
rendidamente, la merced de no retardar su visita y aceptarle cenar con el
en su campamento en esa misma tarde.
Momentos después se recibe la respuesta afirmativa de Atahualpa.
Se halla ya bajo el sol. Las Huestes de Atahuallpa comienzan a movilizarse
hacia Caxamarca. Delante van los criados que limpian la vía de piedras
y de armas. Luego, los cantores y los danzarines, con su ritmo monótono.
En medio de los sinches, los apus, los auquis, los amautas --cuyos ornamentos
de plumas y metales relucían al sol--, va la litera imperial, hecha
toda de oro, "que pesó un kintal de oro", llevada en los hombros por
diez y seis apus del ayllu imperial. Sobre ella Atahuallpa Inca, orgullosamente
desarmado, se dirige a su ciudad, a recibir el homenaje de los extranjeros.
Su perspicacia de águila --acaso oscurecida por su orgullo de triunfador
reciente-- no descubrió que aquel pequeño grupo de extraños,
recibido por merced en sus dominios, le atacaría y le haría
prisionero en medio de los suyos.
El hijo del Sol llego a la plaza de su buena ciudad de Caxamarca, cuyas puertas
estrechas le fueron abiertas. Con el emperador entraron los indios de su
Séquito inmediato: de cinco a seis mil. Fuera quedó el resto
conforme iban llegando. La plaza estaba solitaria de españoles.
-¿Dónde están los extranjeros? Preguntó a los que
iban cerca.
Y como respuesta, Vicente de Valverde, fraile dominico, capellán del
grupo aventurero, "un inquieto, desasosegado o deshonesto clérigo"
--como le llama Oviedo-- se avanzó hasta el inca con el Cristo y la
Biblia, acompañado de Felipillo, el taimado indio intérprete.
Le habló sobre el dios Uno y Trino, sobre la pasión y muerte
de Jesús; exhorto --requirió, como llamaban los inquisidores--
al hijo del Sol, descendiente de Manco y Viracocha, a que adjure su "salvaje
idolatría" y abrace la religión cristiana, sola verdadera.
Dijole del poder inmenso del soberano español, al que Atahuallpa
debía vasallaje, porque el Papa, sucesor de San Pedro, le había
regalado todas las tierras de los indios, del uno al otro mar. Fueron tales
las inoportunidades del discurso clerical de Caxamarca que, según
un historiador insospechable, un obispo católico --González
Suárez-- dicha conducta tenía "mucho de ridículo
si no fuese por demás absurda y criminal".
Brillaron de soberbia magnífica los ojos de Atahuallpa, y con desprecio
respondió al fraile siniestro, inhábil y fatal: "Yo soy el
primero de los reyes del mundo y a ninguno debo acatamiento; tu rey debe
ser grande, porque ha enviado criados suyos hasta aquí, pasando sobre
el mar: por esto lo trataré como a un hermano. Quién es ese
otro rey o dios de que me hablas, que ha regalado al tuyo tierras que no
le pertenecen, porque son mías? El Tahuantin-suyu es mio y nada más
que mío. Me parece un absurdo que me hables de ese dios tuyo, al que
los hombres creados por él han asesinado. Yo no adoro a un muerto.
Mi dios el Sol, vive y hace vivir a los hombres, los animales y las plantas.
Si él muriera, todos moririamos con él, así como cuando
él duerme todos dormimos también. Finalmente --gregó
Atahuallpa-- ¿con qué autoridad te atreves a decirme las cosas
insensatas que mes has dicho?.
- Con la que meda este libro, respondió el fraile, y presentó
la Biblia al inca, quien "no acertando a abrirle, el religiosos extendió
los brazos para abrirlo, y Atahuallpa con gran desdén le dio un golpe
en el brazo, no queriendo que lo abriese; y porfiando él mismo por
abrirle, lo abrió; y no maravillándose de las letras ni el
papel, lo arrojó cinco o seis pasos de sí", narra Xerex.
El fraile, horrorizado, corrió a Pizarro y díjole: "¿No
véis lo que pasa? ¿Para qué estáis en comedimientos
y requerimientos con este perro lleno de soberbia, que vienen los campos
llenos de indios? Salid, que yo os absuelvo".
Dio la señal Pizarro. Sonaron mosquetes y arcabuses. Un descomunal
estrépito de guerra. El gobernador --él mismo y solo-- llegó
hasta la tierra del inca y lo hizo preso. Ante la furia de los españoles,
que querían hacer el triste mérito de ultrajar personalmente
al inca, se alzó la voz --verdaderamente española en ese duro
instante-- de Francisco Pizarro: "El que estime en algo su vida, que se guarde
de tocar al indio".
Se desarrolló luego una fiebre de matanza. Los indios pugnaban por
huir, como rebaños de corderos acosados por perrros. Y no hallando
salida bastante, derribaron a fuerza de hombros uno de los muros de la plaza,
que daba sobre el campo... Centenares de indios muertos. Un barato héroe
español, Estete --probablemente el mismo cronista de este nombre--
arranco el llauto imperial de la cabeza del inca del Tanhuantin-suyu. Y la
única sangre española vertida en esa jornada oscura y
brutal fue la del gobernador don Francisco Pizarro, quien recibio un mandoble
por proteger con su cuerpo el cuerpo del hijo del Sol.
Cumplió el señor marqués don Francisco Pizarro con su
deseo de que el inca del Tahuantin-suyu, el emperador del Perú, le
aceptara su invitación a cenar, el mismo día.
Allí está, a su merced, indiferente y silencioso, Atahuallpa
Inca. Su único comentario a los terribles acontecimientos del día,
ha sido éste, dirigiéndose al capitán Hernando Pizarro:
"Maizabilica ha mentido". Con gesto altivo rechazó los consuelos
hipócritas del gobernador "diciendo que era uso de guerra o ser vencido".
No rehuye, porque cree merecerlas, las atenciones solícitas que le
prodiga su hospedador. Come de buen grado, sin desconfianza, la comida enemiga.
Bebe la bebida extranjera.
Hernando Pizarro, hidalgo fanfarrón, pero sabedor de los usos de la
cortesanía reclama para el inca un trato correspondiente a su alto
rango. El marqués ordena que se le dispongan las mejores habitaciones
de "la casa de la serpiente", aposento real de Caxamarca; y se reserva para
sí --a fin de velar al prisionero-- una pieza contigua. Hace decir
a los allegados de Atahuallpa que pueden acompañarlo, y dispone que
sigan al servicio de la mesa y de la cama del inca todas sus numerosas
concubinas.
Afuera el espectáculo era desolador. Los alertas monótonos
de los centinelas, que a cada paso que daban tropezaban con cadáveres
de indios. Las preces fatídicas de los frailes. Y en los campos, por
los caminos, la fuga medrosa, agazapada de los indios desconcertados, que
nada comprendían, que acaso hacían subconsciente resistencia
para comprender.
Al amanecer, el primer cuidado de Pizarro fue enviar una escolta a registrar
los baños de Cónoc, residencia de Atahuallpa; "que era maravilla
de ver tantas vasijas de plata y de oro como en aquel real había,
y muy buenas, y muchas tiendas, y otras ropas y cosas de valor, que más
de sesenta mil pesos de oro valía solo la vajilla de oro que Atahuallpa
traía, y más de cinco mil mujeres a los españoles se
vinieron, de su buena gana, de las que en el real andaban", dice Zárate.
"Cinco mil mujeres, que aunque tristes y desamparadas, holgaron con los
cristianos", comenta Gómara.
Pero la vida impone sus imperativos de rutina en Caxamarca, después
de la masacre. Los pobladores --por mandato del inca-- vuelven a sus
labores ordinarias. Una coexistencia familiar se establece entre españoles
y nativos. No hay resistencia ni hostilidad visibles para los intrusos: los
indios les ofrecen un servicio indolente, racionalizado; y las indias sus
caricias procreadoras y sin besos.
La perspicacia aguda de Atahuallpa no penetra su extraña situasión.
No sabe si estos hombres son amigos, pues lo han aprisionado; ni concibe
que sean sus enemigos, pues que no lo matan. Su estructura religiosa ha
canalizado en una sola dirección ascendente --que termina en
el sol-- su concepción del mundo. No tiene para las cosas otra
explicación que la teísta. Toda torcedura en el camino recto
de sus pensamientos, lo desconcierta; pero no sabiendo la protesta para lo
imprevisto, se resigna y calla.
Las relaciones entre españoles y nativos tienen una calma animal y
vegetal. De entre las pallas hermanas del inca, Pizarro ha escogido su mujer:
se llama Intip-Cusi --servidora del sol-- y es maciza de carnes, de
color de barro cocido y amplitudes de cántara. Se llamará en
adelante doña Inés, para servicio del machu capitu. Gonzalo
y Juan --los dos menores de la dinastía-- escogen sus mujeres
entre las ñustas más apetitosas; entran en la familia del inca.
Los demás, se entregan a lo hancho de sus inclinaciones: Alcón
y los más mozos persiguen a las indias zahareñas, de difícil
sonrisa y de cópula fácil. Riquelme y los frailes hacen
averiguación de la riqueza. Pedro de Candia descubre las maravillas
de la chicha. Valverde, poseído de furor místico --no evangelizador
como el de Motolinía o Gante-- dice a los pobres indios abandonados
del Sol, el lado trágico de la leyenda cristiana. Y en nombre del
Cristo de los azotes y de la crucifixión --no de las Bodas de Caná
ni el Sermón de la Montaña-- bautiza, bautiza, bautiza.
Soto y Hernando Pizarro se han dedicado, con hidalguía española,
a hacer menos dura la vida del inca. Ayudados del Martinillo, han enseñado
al indio inteligente un vocabulario castellano suficiente para la
comunicación cotidiana. El inca inicia a los capitanes en la vida
--para ellos extraña por lo igual y justiciera-- de este pueblo
distinto de la España individualista y feudal, que es todo su mundo.
Soto y Pizarro sienten la superioridad moral de estos "salvajes" que viven
la religión del sol y del trabajo; que aman el aseo y los beneficios
del agua; que quieren entrañablemente a su tierra; porque es realmente
de ellos.
Hernando Pizarro y Soto entretienen al inca con narraciones caballerescas
de Flandes, de Castilla, de Italia. El inca trata de comprender a estas
extrañas gentes para las cuales, en veces, el engaño es virtud
y en otras se debe pagar con la muerte. Le interesa el duelo, como cosa
monstruosa; y se hace repetir explicaciones sobre lo que los españoles
llaman "el honor".
Soto, los Pizarros, los demás capitanes y los frailes, enseñan
a Atahuallpa los juegos que practican cuando están en campaña:
cartas, ajedrez, dominó. El ajedrez sobre todo, lo apasiona. A los
pocos meses es más fuerte que sus maestros.
En la familiaridad cotidiana, Atahuallpa ha comprendido que a estos extranjeros
les gusta --más que las bellas y buenas cosas como la lana,
las llamas, el maíz-- el oro, el cori con que se hacen los vasos
para la chicha de los incas, los adornos para las pallas y las ñustas.
En ello ve el inca una posibilidad de salvación. Les habla del oro
de sus aposentos, del de los templos, del de las casas de las Virgenes del
Sol. Atahuallpa goza al ver cómo se incendian de codicia los ojos
de estos hombres y entonces, con toda naturalidad dice a Francisco Pizarro,
que a cambio de su libertad "...daría de oro una sala
que tiene veinte y dos pies de largo y diez y siete de ancho, llena hasta
una raya blanca que está a la mitad del altor de la sala, que será
lo que dijo de altura de estado y medio, y dijo que hasta allí
henchiría la sala de diversas piezas de oro, cántaros, ollas
y tejuelos, y otras piezas, y que de plata daría todo aquel bohío
dos veces lleno y que esto cumplirá dentro de dos meses".
Pizarro, alarmado por las dimensiones de los aposentos y poco capaz de calcular
la probable cuantía de la fabulosa promesa, desconfió de ella.
Pero pudo más su espíritu de tahúr de soldado de tercios,
cuyo dios es el albur: aceptó gallardamente el envite del inca, como
quien compromete su escarcela en un garito, a la primera carta.
Para complementar su ofrecimiento, y abrumar de oro y riqueza a sus
aprisionadores, el inca les insinúa un viaje a Pacha-Cámac,
en la tierra yunga, donde se halla el templo del dios mayor de los hombres
del litoral, en el cual los de su estirpe nunca han creído completamente
y solamente aceptado para contribuir con el respeto a las divinidades de
las regiones, a la unificación del Tahuantin-suyu. Les dice que allí
se encuentra mucho oro de adornos y de ofrendas; y como garantía de
veracidad, envía un mensajero para que llame a su presencia al curaca
y al sacerdote del templo, con el objeto de que éstos acompañen
a los españoles que deban ir en pos de los tesoros. Cuando llegaron
el sacerdote y el curaca, Atahuallpa se dirigió a los españoles
y señalándoles al sacerdote, dijo: "El dios Pacha-Cámac
de éste no es dios, porque es mentiroso: habéis de saber que,
cuando mi padre Huayna-Capac estuvo enfermo en Quito, le mandó preguntar
qué debía hacer para sanarse, y respondió que lo sacaran
al sol; lo sacamos y murió. Huáscar, mi hermano, le preguntó
si triunfaría en la guerra que traíamos los dos; dijo que sí
y triunfé yo. Cuando llegásteis vosotros, le consulté
y me aseguró que os vencería yo, y me vencísteis vosotros...
Dios que miente no es dios!!!" González Suárez lo cuenta.
El gobernador envió con un grupo de soldados a su hermano Hernando.
Le instruyó para que, al mismo tiempo que iba a recoger los tesoros
indagara sobre el estado de ánimo de los indios y si había
preparativos de sublevación. Hernando partió, y tras un largo
viaje lleno de peripecias, volvió a Caxamarca, cargado de oro un
rebaño de llamas y forradas de oro las patas de los caballos, para
la larga marcha... Venía también con él Chalcuchima,
uno de los más ilustres generales de Atahuallpa, vencedor de
Huáscar. El viejo sinche, viendo al extraño acompañado
por indígenas del cortejo del inca, no vaciló en ir con Pizarro
hasta donde se encuentre su señor.
Al llegar a Caxamarca, Hernando dio rápida cuenta de su viaje al
marqués. Afirmó que ni en pueblos ni caminos existían
conspiraciones. Que había sido bien recibido por los indios, y que
el gran sinche Chalcuchima estaba allí, sumiso y obediente, esperando
la merced de ver de nuevo a su rey prisionero.
Fue emocionante y dramática la entrevista de Atahuallpa y Chalcuchima.
Entró el sinche inclinado por el peso ritual; la emoción le
hacía temblar las rodillas. Al ver al inca preso, se le cayeron las
lágrimas. "Estos de Caxamarca no supieron defenderle --le dijo--;
si yo hubiera estado aquí con los puruhás y los caranquis,
esto no habría sucedido". El inca sonrió.
Durante el viaje de Hernando Pizarro a Pacha-Cámac, una conspiración
de codicia, miedo y desconfianza cercaba al prisionero. Se hizo correr el
rumor de que en Guamachucho se reunían sigilosamente los indios
--espontáneamente o por orden de Atahuallpa-- para atacar a
los españoles y libertar al inca. Pizarro se lo dijo a Atahuallpa.
Y la respuesta del inca fue sarcástica: "¿me crees tan necio
que estando en tu poder y pudiendo tú matarme al menor intento de
rebeldía, ordene yo levantamiento? Están, además, casi
llenas las salas con el oro del rescate: tengo confianza en que sabreís
cumplir vuestra palabra. Pronto seré libre y amigo y aliado de vosotros".
Como prenda de su veracidad, propone el envío de una escolta
española hasta el Cuzco --que recorrería la mayor parte del
Tahuantin-suyu-- para que se convenzan todos de que no existe ninguna
rebeldía y además para que traigan el oro que más puedan
de la ciudad sagrada.
Aceptó Pizarro --los ojos encandilados por el reflejo supremo del
oro del Cuzco-- y envió un grupo de soldados, con Hernando de
Soto, Pedro del Barco y el notario real a la cabeza. Días de andar.
Y en un de ellos, ya cerca de Jauja, encontraron una escolta de indios que
llevaba preso a Huáscar. Habló Soto con él. Y
comprendió que si otro emisario llevaba hasta Pizarro las quejas del
inca legítimo, la suerte de su amigo el prisionero de Caxamarca se
haría aún más delicada. Resolvió regresar y dar
cuenta a Pizarro de que, hasta Jauja, no había trazas de rebeldías;
que había encontrado a Huáscar, que hacía grandes ofertas
a los españoles a cambio de su libertad; pero que todo el imperio
estaba completamente del lado de Atahuallpa, y sólo a él
reconocían como señor verdadero.
Mientras estos viajes, en Caxamarca había sobrevenido un hecho capital,
que variaba la fisonomía de la aventura: la llegada de don Diego de
Almagro --14 de abril, "víspera de Pascua Florida" -- desde
Panamá, con refuerzos de hombres y de caballos. El encuentro de los
dos capitanes tuvo una apariencia cordial, pero el fondo era muy otro. Pizarro
sabía que Almagro venía a reclamar su parte en el botín,
de acuerdo con el contrato tripartito entre ellos dos y Luque --que para
entonces había muerto ya--; pero ni él, ni menos sus hombres
--autores de heroicidad de Caxamarca-- estaban dispuestos a admitir igualdad
semejante. La priemra guerra civil de la América española
había surgido.
La víctima de esa guerra se señalaba claramente: Atahuallpa.
El oro del rescate llegaba a todos los rumbos del Tahuantin-suyu; los aposentos
señalados por el inca estaban ya casi repletos. El momento de las
sangre era anunciado por el oro. El ojo de águila del inca descubrió
que la llegada del "tuerto" le era fatal. En efecto, Almagro y los suyos
--secundados por el alma negra de Riquelme-- conspiran contra Atahuallpa,
con el fin de anticipar el reparto del oro del rescate --en el cual
presumían que no se les iba a dar igual porción que a Pizarró
y a los suyos-- con el fin de seguir, libres de la inquietud de la guarda
del inca, la conquista hasta el Cuzco, donde les esperaba a ellos --mas frescos
y menos gastados-- un porvenir de hazañas y de oro.
Valverde y los frailes conspiraban también, hipócritamente.
El dominico no podía perdonar a Atahuallpa su actitud despectiva en
Caxamarca y la repulsión que siempre demostrara a su contacto y a
sus pláticas. No podía perdonarle su regalo y sus mujeres,
él, que se veía obligado a sostener ante los soldados, la farsa
lacerante de su castidad.
Conspiraba el taimado intérprete Felipillo, hechura de Valverde, su
confidente inseparable. Felipillo era de Túmbez y se había
criado en su ambiente de devoción por Huáscar. Detestaba lo
quitu. Y malgrado su cristianismo de pega, sentía una subconsciente
reminisencia totémica por Pacha-Cámac, el dios de los yungas;
por eso, la dureza de Atahuallpa para con el sacerdote del ídolo y
el apoyo dado a la expedición de Hernando Pizarro, le hicieron agravar
el odio tradicional que sentía hacia el descendiente de los caras.
Sabiéndose, pues, apoyado por los españoles, que lo necesitaban,
se dedicó a hacer lo más penosa posible la vida de
Atahuallpa, con intrigas y espionajes inmundos. Alcahueteó a los
españoles con las concubinas del inca y, para colmo de ultrajes, sedujo
y violó a una de ellas. Informado el inca, protesto ante Pizarro.
El viejo aventurero se rio... Pero Filipillo supo que Atahuallpa reclamaba
su cabeza, y temeroso de que los españoles --cuya versatilidad
conocía-- cambiaran de parecer y resolvieran complacer al cautivo,
decidió acelerar su campaña contra él.
Las exigencias de Riquelme y Almagro, sobre el reparto del rescate, quebrantaron
la resistencia del señor gobernador; y se procedió a la gran
operación rapaz, premio mayor de la aventura. Para poder hacer más
fácil y más igual el reparto, se dispuso a fundir las piezas
de metal, los vasos maravillosos, las cántaras, los ídolos.
"Veinte y siete cargas de oro y dos mil marcos de plata", de Pacha-Cámac;
"ciento y setenta y ocho cargas de oro, y son las cargas de paligueros que
las traen cuatro indios", desde el Cuzco... además de los aposentos
rebosantes. Se reservó algunas piezas --espigas de maíz de
oro, fuentes con aves del mismo metal-- para enviarlas al emperador de Madrid.
La litera de oro le tocó al gobernador don Francisco. El resto del
tesoro -- el botín de guerra más grande de que se tenía
hasta entonces memoria-- fue repartido a sones de pregón muy
cuidadosamente, después de deducir el quinto real.
Ya se encontraban en poder de los tesoros soñados los aventureros
españoles. Pero la ilusión del oro fue penosa para ellos.
Allí aprendieron el mito de Creso y supieron --sin comprenderlo--
que se puede ser pobre, carecer de lo indispensable, teniendo las manos
enterradas en el oro engañoso y convencional. Soto debió pagar,
entre grandes juramentos de rabia, una libra de oro por una hoja de papel
para escribir a su madre. Pedro de Candia estuvo a punto de matar a un soldado
de Almagro --de los recién venidos-- que le exige cincuenta pesos
de oro por un par botas...
ANOCHECIO EN LA MITAD DEL DIA
Chaupi punchapi tutayaca...
Antes del reparto del oro, Pizarro llenó la fórmula de declarar
cumplido por Atahuallpa el pacto de rescate. Pero el inca seguía preso,
más estrechamente vigilado que antes. Todos sintieron que el episodio
de Caxamarca, después del reparto, había llegado a su fin.
Que no era posible prolongarlo sin mengua del éxito de la conquita.
Pero quedaba en pie el gran problema: Atahuallpa. Tres soluciones se ofrecieron:
enviarlo a España, con los conductores del quinto; seguir con él
hasta el Cuzco; matarlo.
Las primeras eran sostenidas por Hernando de Soto, Pedro de Candia, Hernando
Pizarro, Blas de Atienza, Antón de Carrión, Pedro de Ayala,
los dos hermanos Chávez, Alonso de Avila, Francisco de Fuentes, Juan
de Herrada, y algunos otros hidalgos de verdad. La última era aconsejada
por Riquelme, Almagro y los suyos. El animador de la intriga asesina era
Felipillo el intérprete. Y quien le daba visos de deber cristiano
a la muerte de Atahuallpa ante las orejas indecisas de Pizarro, era Valverde.
Hernando Pizarro hacía mucho peso en el ánimo del gobernador.
Era más viejo que él y mejor educado. Almagro --que lo detestaba
desde Panamá-- resolvió alejarlo, de cerca de Francisco. Y
para lograrlo, "el tuerto" optó por ponderar sus méritos de
honradez y distinción, y proclamar que era el más indicado
para ir a España llevando el quinto real y los obsequios al monarca.
Y pidió que, para el cumplimiento de misión tan delicada, se
le diera una porción de oro mayor que a los otros capitanes... El
marqués era lo bastante astuto para no caer en las mullerías
de su viejo socio; pero esta vez le convenía escucharle, pues
comprendía que la aspereza y la rectitud fanfarrona del "viejo",
agriarían sus relaciones con Almagro. Se decidió, pues, la
partida de Hernando Pizarro a la metrópoli, con el encargo de
llevar al rey "el oro del Perú". Cuando Atahuallpa los supo por el
mismo Hernando, no pudo ocultar su abatimiento:
-Cuando te vayas, capitán, estoy seguro de que me van a matar tus
compañeros. Ese "tuerto" y ese "gordo" convencerán a tu hermano
que me mate. No me abandones, capitán...
Hernando se empeño en tranquilizarlo. Le aseguró que no
partiría sin una promesa del gobernador de respetar su vida. Pero
Atahuallpa desconfiaba... Realmente, Hernando habló altamente al
marqués, y hasta le pidió llevar consigo al inca a España.
Pero Francisco no quiso atreverse, y no accedió.
Después de la partida de Hernando, la conspiración contra
Atahuallpa arreció implacablemente. Todos los argumentos se esgrimieron
por parte de Almagro y los frailes: ofensa a Dios, mal sevicio a la Corona,
traición a los indios. Felipillo echaba leña en esa hoguera.
Siempre andaba hablando de conversaciones sorprendidas a los indios, de
conjuraciones para asaltar a los españoles; finalmente --y
aprovechándose de la llegada de unos indios del sur, partidarios de
Huáscar-- inventa la existencia de un enorme plan indígena
para libertar al inca, cuyo centro de acción y de reunión eran
los campos de Guamachucho...
Ante una acusación así concreta, Pizarro tiene miedo.
Desconfía de la pasividad de los indígenas. Su entendimiento
basto y unilateral de soldado, no concibe cómo millares de hombres,
en su propia tierra, no tramen algo para salvar a su rey y arrojar a los
invasores de su suelo.
La causa de Atahuallpa es sostenida por Hernando de Soto y unos pocos con
él. Para alejarlo de Caxamarca, Pizarro lo envía a Guamachucho,
a comprobar la existencia del complot indio contra los españoles.
Cuando Soto parte --seguro de traer consigo la prueba de la inocencia del
inca-- Atahuallpa ve su causa definitivamente perdida.
En efecto, Felipillo consigue que se le encadene y se le guarde más
estrechamente. Y luego, ya sin estorbo serio, Francisco Pizarro ordena la
formación del proceso del emperador del Tahuantin-suyu. El grotesco
juzgamiento se inicia. Como jueces actuarán Pizarro y Almagro. Secretario
será Sancho de Cuéllar. Y al pequeño grupo de hidalgos
descontentos se le permite nombrar por defensor a Juan de Herrada.
Cuando el proceso del inca se hallaba decidido, llegó un nuevo grupo
de indígenas del sur. En medio de alaridos dolorosos, contaron a los
españoles que el inca legítimo del Cuzco, Huáscar,
había sido ahogado en el río Andamarca por la escolta
indígena que lo conducía. Felipillo --árbrito de la
situación-- agregó que la orden del asesinato había
sido dada secretamente por Atahuallpa, temeroso de que Pizarro llegara en
algún momento a entenderse con Huáscar y a protegerlo. La
pérdida de Atahuallpa fue precipitada por esto. La hipocresia de los
de Almagro y de los frailes, halló en esto un motivo concluyente:
ellos que no se habían detenido ante nada y que luego se
entreasesinarían, hicieron motivo de escándalo de este suceso
de guerra, en el cual la responsabilidad directa de Atahuallpa no se halla
ni siquiera lejanamente establecida.
Doce puntos de acusación sostuvo ante los jueces el Fiscal Riquelme,
asistido por el charlatán Sancho de Cuéllar. Entre ellos
sobresalen: que Atahuallpa es un bastardo y un usurpador; que ha hecho asesinar
a su hermano Huáscar; que ha disipado las rentas del Estado; que ha
cometido el delito de idolatría; que es adúltero, pues vive
públicamente con muchas mujeres; que ha excitado a los pueblos a la
revuelta contra España... Valverde dice uno de sus lúgubres
discursos, y pide la muerte --invocándo los más tremendos textos
bíblicos-- contra este salvaje, encarnación viviente del demonio
que se hace adorar públicamente por su pueblo; que practica la más
repugnante idolatría y que practica descaradamente uno de los pecados
más horrendos: la poligamia.
Inútil es que Juan de Herrada invoque todas las leyes divinas y humanas
en favor del inca; inútil que les diga que sólo el emperador
tiene jurisdicción para juzgar a un rey vencido; que les proclame
la inocencia de un hombre que ha vivido de acuerdo con su ley, y que no ha
podido infringir leyes ni practicar religiones que no conocía. La
causa estaba juzgada de antemano. Pizarro y Almagro --llenando
hipócritamente las fórmulas-- condenaron a Atahuallpa a ser
quemado vivo, a menos que se convirtiera al cristianismo, en cuyo caso le
sería conmutada la hogera por el garrote.
Pedro Pizarro ha visto a su hermano Francisco con los ojos en lágrimas
al salir de la sala del tribunal asesino... Eso no obstante, la misma noche
de ese 29 de agosto de 1533, Atahuallpa debía ser supliciado en la
plaza mayor de Caxamarca, antes de que Soto regresara con la prueba plena
de su inocencia. Como un último esfuerzo, los defensores del inca
hacen una consulta a los aventureros: hombres de la España negra,
ganados por el fanatismo religioso y la codicia, diez sobre uno votan en
contra del gran prisionero. Finalmente, Pizarro, para salvar un último
escrúpulo de su conciencia y tener una defensa posterior, por si en
España desaprobaban lo hecho, le pidió a Valverde su firma
en la sentencia: sin vacilar estampó su nombre, precedido de una cruz
este "inquieto, desasosegado y deshonesto clérigo...".
Cuando le fue comunicada la sentencia, Atahuallpa increpó a Pizarro
su falsedad; le recordó haber cumplido --según declaración
pública del mismo Pizarro-- el pacto del rescate; y le dijo que, mientras
el y su pueblo no habían tenido para los españoles más
que cuidados y afectos, ellos se lo pagaban con la muerte... Viendo
inútiles los requerimientos, volvió de nuevo a su actitud
aparentemente serena y, de acuerdo con sus ritos, recomendó al vencedor
la suerte de sus hijos y de sus mujeres. En seguida conversó unos
momentos con los amautas y los apus que estaban cerca de él. Ellos
le recordaron que el espíritu de un inca no puede retornar al sol
cuando su cuerpo ha sido consumido por las llamas del fuego terrestre, y
le aconsejaron que se deje bautizar a fin de que le sea conmutada la
pena.
Ese fue el momento del desquite sombrío de Valverde. Ya en la plaza,
en medio de la hogera presta a ser incendiada y la horca, está el
grupo formado por el inca y sus verdugos. El sol se ha escondido ya. Unas
cuantas antorchas vacilantes alumbran el fatídico escenario. Valverde,
rezonga salmodias y, después que el inca declara --por medio de los
latines del acólito-- que abjura su infame idolatría y abraza
la religión cristiana, vierte sobre la cabeza del gran rey las aguas
del bautismo, imponiéndole con la unción y la sal, el nombre
grotezco de Juan Francisco.
Cuando regresa Hernando de Soto con la noticia de ser falso todo lo de la
conspiración de Guamachucho, se encuentra con el crimen consumado;
se indigna el joven hidalgo capitán, increpa a Pizarro su
precipitación, su cobardía, su injusticia; le asegura que esto
le traerá el desfavor de la Corona, porque sólo al emperador
le tocaba juzgar sobre la suerte del gran rey. Pizarro se confunde, echa
la culpa a Valverde y a Riquelme; éstos se lanzan acusaciones e insultos,
queriendo cada cual exculparse del asesinato. Así, pués, "la
historia" --lo que ha dado en llamarse pomposamente "la historia"-- no ha
tenido dificultad para rendir su fallo: lo rindieron ya, con sus disputas,
con sus mentís, los tres principales actores del sombrío drama,
declarándose culpables.
Una mujer indígena de la parcialidad de los zarzas dijo, al saber
la noticia, la oración fúnebre máxima del inca y del
imperio: Chaupi punchapi tutayaca. Anocheció en la mitad del día.
El inca joven y fuerte murió en la mitad de su trayectoria vital.
Y el gran imperio de Tahuantin-suyu, realizador de una cultura fuerte y
sólida y de una organización política y social más
sabia y más justa que la del occidente de ayer y de hoy, cortó
su parábola en pleno desenvolvimiento. Pues es preciso afirmar que
la disgregación del imperio que realizara el gran Huayna-Cápac
en un momento de amor, se hallaba ya corregida por este hijo suyo, fuerte,
sabio, rico de novedad y tradición.
Después... Fue la ridícula comedia de los reyes postizos --que
siguieron y siguen poniendo en práctica todos los imperialismos--
para dar a los pueblos sometidos la irrisoria vanidad de una burlesca
independencia. Después fue Vilcabamba y su protesta; la epopeya heroica
y trágica del sinche mayor de la parcialidad de los quitus,
Rumiñahui, "cara de piedra", y fue, por último, el gran grito
heroico de Túpac-Amaru.
Hoy es la hora de construcción en Indohispania. Todas las voces --que
se expresan indeclinablemente en español-- afirman su anhelo de vivir
en justicia y en igualdad sociales. Desde el México eterno de Zapata,
pasando por el Perú de Mariátegui, hasta el sur fecundo de
afirmación y anhelos. Atahuallpa no dice en estas páginas su
odio hacia Pizarro. Cuatro siglos ya. Atahuallpa y Pizarro esperan --y
harán llegar-- la hora de la tierra y de la justicia.
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