MANUEL BENJAMIN CARRION MORA
El "gran suscitador" de la cultura nacional nació en Loja y murió en Quito al atardecer del día jueves 8 de marzo de 1979. Estuvo casado con la señora Agueda Eguiguren. Los estudios primarios y secundarios los realizó en su ciudad natal. Obtuvo el título de doctor en Jurisprudencia en la Universidad Central.

Manuel Benjamín Carrión Mora, de amplia figuración, además, como diplomático, político, catedrático universitario; fue un hombre de prestigio internacional, reconocido en múltiples ocasiones, especialmente por su obra literaria.

El Dr. Carrión militó en el socialismo y fue Secretario General de su partido y candidato a la Vicepresidencia de la República, en fórmula con el Dr. Antonio Parra Velasco.

Como diplomático fue Embajador en París, Santiago de Chile, México y Colombia, delegado ecuatoriano ante la UNESCO.

Actuó como Ministro de Educación y le correspondió fundar la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1944.

Diputado en varias oportunidades; como periodistas fue Director del diario El Sol y columnista de varias publicaciones.

Rector y Vicerrector universitario, estuvo junto a la juventud como profesor de varias especialidades, particularmente literarias.

Su última actuación fue la de Presidente del Tribunal Supremo Electoral para llegar a la constitucionalización del país; se retiró de él por motivos de salud, después de haberse posesionado el 3 de abril de 1978.

La obra de Benjamín Carrión fue reconocida y valorada repetidamente en el ambiente internacional habiendo alcanzado una serie de distinciones: El Premio Benito Juárez, que le fue entregado por el Presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, quien hizo un elogio de la extraordinaria personalidad artística, literaria y humana del escritor ecuatoriano.

Benjamín Carrión fue un hombre superior. Alcanzó las más altas cumbres del saber. Sus libros fueron leídos y estudiados en los más prestigiosos círculos internacionales de América y Europa. Su nombre figura en múltiples reuniones internacionales de cultura, junto a los calificados del pensamiento contemporáneo, y fue objeto de singulares honores.

Un patriota desinteresado y sincero; cuando el Ecuador fue derrotado en 1941, la voz del maestro se elevó para formular una acerba requisitoria: "Nos ha tocado vivir la época más dura por desinteresada, por regresiva, por vergonzosa y trágica de nuestro vivir llamando republicano, la patria ha sido humillada y vencida. A los hombres libres del Ecuador les ha tocado presenciar, impotentes, el asesinato del pasado, la anulación del presente, la mutilación del porvenir nacional". Luego mantuvo la urgencia de "volver a tener patria". La necesidad de "concebir la nueva patria en grandeza moral y material".

Carrión murió luchando, acusando el asesinato del líder y fundador del FRA (Frente Radical Alfarista) Econ. Abdón Calderón Muñoz. Con voz firme señaló el delito ha sido cometido por quienes tienen poder; se trata de un asesino político perpetrado el 29 de noviembre de 1978.

A más de su labor de maestro, que vive en el espíritu de sus discípulos y palpita en el corazón de los ecuatorianos; Benjamín Carrión nos deja la riqueza imponderable de su obra literaria: Los Creadores de la Nueva América (París, 1928); El Decanato de Miguel García (Madrid, 1929); Mapa de América (Madrid, 1930); Atahualpa (México, 1934); Indice de la Poesía Ecuatoriana Contemporánea (Santiago, 1937); Cartas del Ecuador (Quito, 1942); El Nuevo Relato Ecuatoriano (Quito, 1951-1953); El Santo del Patíbulo (México, 1960); ¿Por qué Jesús no vuelve? (Quito, 1963); El Cuento de la Patria (Quito, 1965); y Plan del Ecuador (Guayaquil, 1977) que fue su último libro publicado. ¿Cuántos libros quedan escritos, ¿Biografía de una Infancia? ¿San José Carlos Mariátegui?

Benjamín Carrión bondadoso hombre y, a veces, excesivamente bondadoso crítico, porque él siempre alentó, sin envidias ni egoísmos, a todos los escritores y artistas, cuando acudieron en demanda de aprobación o estímulo; el escritor que con su larga trayectoria humana y literaria demuestra el talento y fortaleza propios de una personalidad en la que detallan el alma y el perfil del mestizaje atado al continente, ha presidido con su influencia positiva y benéfica durante medio siglo, el desenvolvimiento literario del país. Su obra creció al amparo de individuos y geografías, y en su vida de diplomático y profesor universitario, dos situaciones ocuparon lugares preferentes: la investigación y una labor abnegada al frente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, fundada por él y que durante muchísimos años se mantuvo bajo su Presidencia.

Obras de Benjamín Carrión


Atahualpa
Textos escogidos:
Caxamarca
Anocheció en la mitad del día


CAXAMARCA

"Atahuallpa era hombre de treinta años, bien apersonado y dispuesto, algo grueso; el rostro grande, hermoso y feroz; los ojos encarnizados de sangre; hablaba con mucha gravedad, como gran señor; hacía muy vivos razonamientos y entendidos por los españoles, conocían ser hombre sabio; era hombre alegre, aunque crudo; hablando con los suyos era muy robusto y no mostraba alegría..."

Francisco de Xeres
Verdadera relación de la conquista del Perú
y provincia del Cuzco

Caxamarca quiere decir "lugar de hielo". Herex afirma que el día de la entrada de los conquistadores "desde a poco rato comenzó a llover y caer granizo". Se cubrió el sol, que había lucido la mañana entera, y con un violento prólogo de nubes negras, de truenos y relámpagos, se precipitó un aguacero torrencial, con granizada, de esos tan propios de las tierras altas del trópico.

Durante el aguacero, Pizarro ordenó el acampamiento de las tropas en los grandes aposentos que cierran la plaza mayor de Caxamarca; cuando pasó la lluvia, y queriendo afirmar en todo momento una impresión de impavidez y de seguridad, llamó a Hernando de Soto, el más joven e inteligente de sus capitanes, y le ordenó que con un grupo de quince de a caballo fuera al campamento de Atahuallpa, a presentarle el saludo del jefe de los hombres blancos y a expresarle que desea mucho verlo y hablarle en nombre de su señor, el rey de las Españas y emperador de todo el mundo, para ofrecerle amistad y alianza contra sus enemigos.

Partió Soto, caracoleando su caballo por la ancha calzada que, desde Caxamarca, lleva derechamente por entre arbolados y flores y atravesando la zona de cultivos a los baños termales de Cónoc, donde actualmente reside, rodeado de su corte y de millares de indios de esas marcas, el inca.

Tarda en regresar el capitán De Soto y el sol ya va a ocultarse. Pizarro --y con él todos los españoles-- comienza a sentir inquietud y para calmarla, llama a su herrmano Hernando "el viejo", famoso por su arrogancia y su temeridad, y le ordena que vaya en busca de Soto, a reforzarlo si fuere necesario.

Mientras tanto, Hernando de Soto había llegado ya delante de Atahuallpa, guiado y ayudado, muy comedidamente, por los mismos indígenas. Pero a pesar de haber sido recibido casi con afecto, no ha podido obtener una respuesta, ni siquiera una mirada de parte del inca. Habla Francisco de Xerez, secretario de Pizarro: "...estaba --el inca-- a la puerta de su aposento, sentado en un asiento bajo, y muchos indios delante dél, y mujeres en pie, que cuasi lo rodeaban; y tenía en la frente una borla de lana que parecía seda, de color de carmesí, de dos manos, asida de la cabeza con sus cordones, que le bajaba hasta los ojos; lo cual le hacía mucho más de lo que él es: los ojos puestos en tierra, sin los alzar a mirar á ninguna parte; y como el capitán --Soto-- llegó ante él, le dijo por la lengua o faraute que llevaba, que era un capitán del Gobernador; y que le invitaba á le ver y á le decir de su parte el mucho deseo que él tenía de su visita; y que si le plugiese de le ir á ver se holgaría el señor Gobernador; y que otras razones de dijo, á las cuales no le respondió ni alzó la cabeza a le mirar, sino un principal suyo respondía a lo que el capitàn hablaba. En esto llegó otro capitán --Hernando Pizarro-- adonde el primero había dejado á la gente, y preguntóles por el capitán y dijéronle que el hablaba con el Cacique. Dejando allí la gente, pasó el río, y llegando cerca de donde Atabalipa estaba, dijo el capitán que con él estaba --Soto--: "Este es un hermano del Gobernador; háblale que vine a verte". Entoncesalzó los ojos al Cacique y dijo: "Maizabilica, un capitán que tengo en el río de Zuricara, me envió a decir como tratábades mal a los caciques, y echabadéslos en cadenas; y me envió una collera de hierro, y dice que él mató tres cristianos y un caballo. Pero yo huelgo de ir mañana á ver al Gobernador y ser amigo de los cristianos, porque son buenos". Hernando Pizarro respondió: "Maizabilica es un bellaco, y a él y a todos los indios de aquel río matara un solo cristiano; cómo podía él matar cristianos ni caballo, siendo ellos unos gallinas? El gobernador ni los cristianos no tratan mal los caciques si no quieren guerra con él, porque á los buenos que quieren ser sus amigos los trata muy bien, y á los que quieren guerra se la hace hasta destruirlos; y cuando tú vieres lo que hacen los cristianos ayudándote en la guerra contra tus enemigos, conocerás como Maizabilica te mintió. --Atabalipa dijo: "Un cacique no me ha querido obedecer; mi gente irá con vosotros y hareísle guerra". Hernando Pizarro respondió: "para un cacique, por mucha gente que tenga, no es menester que vayan tus indios, sino diez cristianos a caballo lo destrurán". Atabalipa se rio y dijo que bebiesen; los capitanes dijeron que ayunaban, por defenderse de beber su brebaje. Importunados por él lo aceptaron. Luego vinieron mujerers con vasos de oro, en que traían chicha de maíz. Como Atabalipa las vido, alzó sus ojos á éllas, sin les decir palabra, se fueron prestó, é volvieron con otros vasos de oro mayores, y con ellos les dieron a beber. Luego se despidieron, quedando Atabalipa de ir a ver al Gobernador otro día por la mañana".

Al regresar de la visita al inca, Hernando Pizarro y Soto expusieron sus impresiones sobre Atahuallpa, las probables intenciones del indio y las fuerzas de que, en la actualidad, podía disponer. Su información fue resueltamente pesimista, aun cuando, con mucho fervor e insistencia, declararon que las buenas intenciones manifestadas por Atahuallpa les parecían sinceras. La superioridad numérica de los indios era desmesurada: acaso más de treintamil. Y ellos, los españoles, no llegaban a doscientos... Ni la fanfarronería de Hernando Pizarro conseguía ocultar su real preocupación.

Era el clímax de la aventura. Había que decidirse. El gobernador reunío a los frailes, al tesorero y a los principales capitanes en consejo. Y expuso su plan, el único, a su juicio, que correspondía a la situación: insistir ante el inca para que fuera a Caxamarca. Y cuando haya llegado al centro de la gran plaza triangular "mayor que todas las de España", atacarlo sorpresivamente en medio de sus indios --que no podían entrar todos en la plaza para defenderlo, por la estrechez de la única entrada-- y hacerlo prisionero.

Después de los informes de Hernando Pizarro y Soto, el estado de ánimo de los aventureros era penoso. "Los españoles estaban todos en un galpón, llenos de miedo, y ninguno parescía por la plaza", cuenta Pedro Pizarro y luego agrega: "porque yo vi a muchos españoles que, sin sentirlo, se orinaban de puro temor". Las resoluciones del gobernador, en este estado de acobardamiento, produjeron sorpresa y desconcierto. Pero Pizarro las justificó: regresar demostrando a los indios "miedo y pavoría" era suicidarse; serían perseguidos por todos los caminos y las sierras para ellos desconocidos, acosados como fieras en fuga, aniquilados; continuar en este plano de amistad con el inca, cuya leyenda de ferocidad era terrible, era sencillamente debilitarse, destruir el prestigio sobrehumano que los hacía fuertes, convertirse en hombres iguales a los indios, sujetos a sucumbir en cualquier momento de capricho o sospecha de Atahuallpa, pues que su número --en el plano de simples hombres-- es irrisorio, comparado al de los indígenas. Recordó, en cambio, los éxitos de la sorpresa, los resultados maravillosos de la decisión: Pueblo Quemado, Atacámez, Puná, Túmbez. Su arenga se hizo declamadora y heroica --tónica española-- y consiguio galvanizar el ánimo de los soldados.

Se convino el plan. Se dispuso la colocación de infantes, arcabuceros, ballesteros, jinetes. Se ordeno la guarda de las entradas de la plaza. Cuando el inca --con su cortejo más inmediato-- penetrase en ella, el prior de los frailes. Vicente de Valverde se acercaría a Atahuallpa, seguido por intérpretes y soldados, en actitud de paz. Luego, Pizarro de adelantaría a recibirlo; y en esos momentos, haría una señal y, a la voz de "Santiago y a ellos", se desarrollaría un ataque aparatoso, con ruidos de clarines y trompetas, tambores y detonaciones. Pizarro, personalmente, haría prisionero al inca.

La suprema velada de armas de los conquistadores fue una noche de hombría tensa y siniestra. Casi nadie durmio. Los frailes se pasaron la noche confesando gentes y rezongando preces; y cuando al amancer la legión española estaba en pie, Fray Vicente de Valverde cantó en medio de la plaza, ante las tropas arodilladas:

- Exurge, Domine, in ira tua...

- "Levantáos, Señor, en vuestra cólera...".

Y continuó la prez fanática y llena de odio: "He aquí el día profetizado por el angel del Apocalipsis; esta es la tierra corrompida, donde los reyes están prostituidos y los pueblos embriagados de tornación; el diablo es sobre los altares, y con su brillo oculta al Dios Verdadero; el dragón marchará contra nosotros con el ocico lleno de blasfemias, pero el fuego del cielo caerá sobre la tierra. Entonces vosotros escucharéis las arpas y contemplaréis la Nueva Sión, con murallas de Jaspe, con palacios de oro puro, con calles empedradas de piedras preciosas y las puertas hechas de nácar...".

- Exurge, Domine, in ira tura...

"Levantáos, Señor, en vuestra cólera; presentaos con toda vuestra magestad en medio de vuestros enemigos...".

De lo alto de una torre, un vigía anuncia que, en la colina de Cónoc, se esta levantando el campamento de Atahuallpa, sin duda para dirijirse a Caxamarca. Pero en ese mismo instante, un enviado del inca se presentó para decir que la visita no sería sino al día siguiente.

Pizarro se contraría visiblemente, pues comprende que una espera larga relajaría la tensión de nervios en que se hallaban sus hombres y, con la reflexión, volvería el miedo. Psicólogo inconciente, Pizarro intuyo que la vibración nerviosa que había logrado imprimir a sus tropas por medio de sus discursos, si se prolongaba demasiado, traería consigo un depresión, vecina de la cobardía, del pesimismo reflexivo que obsta a la acción temeraria y brutal. Así, pues, con su mismo mensajero pidió al inca, rendidamente, la merced de no retardar su visita y aceptarle cenar con el en su campamento en esa misma tarde.

Momentos después se recibe la respuesta afirmativa de Atahualpa.

Se halla ya bajo el sol. Las Huestes de Atahuallpa comienzan a movilizarse hacia Caxamarca. Delante van los criados que limpian la vía de piedras y de armas. Luego, los cantores y los danzarines, con su ritmo monótono. En medio de los sinches, los apus, los auquis, los amautas --cuyos ornamentos de plumas y metales relucían al sol--, va la litera imperial, hecha toda de oro, "que pesó un kintal de oro", llevada en los hombros por diez y seis apus del ayllu imperial. Sobre ella Atahuallpa Inca, orgullosamente desarmado, se dirige a su ciudad, a recibir el homenaje de los extranjeros. Su perspicacia de águila --acaso oscurecida por su orgullo de triunfador reciente-- no descubrió que aquel pequeño grupo de extraños, recibido por merced en sus dominios, le atacaría y le haría prisionero en medio de los suyos.

El hijo del Sol llego a la plaza de su buena ciudad de Caxamarca, cuyas puertas estrechas le fueron abiertas. Con el emperador entraron los indios de su Séquito inmediato: de cinco a seis mil. Fuera quedó el resto conforme iban llegando. La plaza estaba solitaria de españoles.

-¿Dónde están los extranjeros? Preguntó a los que iban cerca.

Y como respuesta, Vicente de Valverde, fraile dominico, capellán del grupo aventurero, "un inquieto, desasosegado o deshonesto clérigo" --como le llama Oviedo-- se avanzó hasta el inca con el Cristo y la Biblia, acompañado de Felipillo, el taimado indio intérprete. Le habló sobre el dios Uno y Trino, sobre la pasión y muerte de Jesús; exhorto --requirió, como llamaban los inquisidores-- al hijo del Sol, descendiente de Manco y Viracocha, a que adjure su "salvaje idolatría" y abrace la religión cristiana, sola verdadera. Dijole del poder inmenso del soberano español, al que Atahuallpa debía vasallaje, porque el Papa, sucesor de San Pedro, le había regalado todas las tierras de los indios, del uno al otro mar. Fueron tales las inoportunidades del discurso clerical de Caxamarca que, según un historiador insospechable, un obispo católico --González Suárez-- dicha conducta tenía "mucho de ridículo si no fuese por demás absurda y criminal".

Brillaron de soberbia magnífica los ojos de Atahuallpa, y con desprecio respondió al fraile siniestro, inhábil y fatal: "Yo soy el primero de los reyes del mundo y a ninguno debo acatamiento; tu rey debe ser grande, porque ha enviado criados suyos hasta aquí, pasando sobre el mar: por esto lo trataré como a un hermano. Quién es ese otro rey o dios de que me hablas, que ha regalado al tuyo tierras que no le pertenecen, porque son mías? El Tahuantin-suyu es mio y nada más que mío. Me parece un absurdo que me hables de ese dios tuyo, al que los hombres creados por él han asesinado. Yo no adoro a un muerto. Mi dios el Sol, vive y hace vivir a los hombres, los animales y las plantas. Si él muriera, todos moririamos con él, así como cuando él duerme todos dormimos también. Finalmente --gregó Atahuallpa-- ¿con qué autoridad te atreves a decirme las cosas insensatas que mes has dicho?.

- Con la que meda este libro, respondió el fraile, y presentó la Biblia al inca, quien "no acertando a abrirle, el religiosos extendió los brazos para abrirlo, y Atahuallpa con gran desdén le dio un golpe en el brazo, no queriendo que lo abriese; y porfiando él mismo por abrirle, lo abrió; y no maravillándose de las letras ni el papel, lo arrojó cinco o seis pasos de sí", narra Xerex.

El fraile, horrorizado, corrió a Pizarro y díjole: "¿No véis lo que pasa? ¿Para qué estáis en comedimientos y requerimientos con este perro lleno de soberbia, que vienen los campos llenos de indios? Salid, que yo os absuelvo".

Dio la señal Pizarro. Sonaron mosquetes y arcabuses. Un descomunal estrépito de guerra. El gobernador --él mismo y solo-- llegó hasta la tierra del inca y lo hizo preso. Ante la furia de los españoles, que querían hacer el triste mérito de ultrajar personalmente al inca, se alzó la voz --verdaderamente española en ese duro instante-- de Francisco Pizarro: "El que estime en algo su vida, que se guarde de tocar al indio".

Se desarrolló luego una fiebre de matanza. Los indios pugnaban por huir, como rebaños de corderos acosados por perrros. Y no hallando salida bastante, derribaron a fuerza de hombros uno de los muros de la plaza, que daba sobre el campo... Centenares de indios muertos. Un barato héroe español, Estete --probablemente el mismo cronista de este nombre-- arranco el llauto imperial de la cabeza del inca del Tanhuantin-suyu. Y la única sangre española vertida en esa jornada oscura y brutal fue la del gobernador don Francisco Pizarro, quien recibio un mandoble por proteger con su cuerpo el cuerpo del hijo del Sol.

Cumplió el señor marqués don Francisco Pizarro con su deseo de que el inca del Tahuantin-suyu, el emperador del Perú, le aceptara su invitación a cenar, el mismo día.

Allí está, a su merced, indiferente y silencioso, Atahuallpa Inca. Su único comentario a los terribles acontecimientos del día, ha sido éste, dirigiéndose al capitán Hernando Pizarro: "Maizabilica ha mentido". Con gesto altivo rechazó los consuelos hipócritas del gobernador "diciendo que era uso de guerra o ser vencido". No rehuye, porque cree merecerlas, las atenciones solícitas que le prodiga su hospedador. Come de buen grado, sin desconfianza, la comida enemiga. Bebe la bebida extranjera.

Hernando Pizarro, hidalgo fanfarrón, pero sabedor de los usos de la cortesanía reclama para el inca un trato correspondiente a su alto rango. El marqués ordena que se le dispongan las mejores habitaciones de "la casa de la serpiente", aposento real de Caxamarca; y se reserva para sí --a fin de velar al prisionero-- una pieza contigua. Hace decir a los allegados de Atahuallpa que pueden acompañarlo, y dispone que sigan al servicio de la mesa y de la cama del inca todas sus numerosas concubinas.

Afuera el espectáculo era desolador. Los alertas monótonos de los centinelas, que a cada paso que daban tropezaban con cadáveres de indios. Las preces fatídicas de los frailes. Y en los campos, por los caminos, la fuga medrosa, agazapada de los indios desconcertados, que nada comprendían, que acaso hacían subconsciente resistencia para comprender.

Al amanecer, el primer cuidado de Pizarro fue enviar una escolta a registrar los baños de Cónoc, residencia de Atahuallpa; "que era maravilla de ver tantas vasijas de plata y de oro como en aquel real había, y muy buenas, y muchas tiendas, y otras ropas y cosas de valor, que más de sesenta mil pesos de oro valía solo la vajilla de oro que Atahuallpa traía, y más de cinco mil mujeres a los españoles se vinieron, de su buena gana, de las que en el real andaban", dice Zárate. "Cinco mil mujeres, que aunque tristes y desamparadas, holgaron con los cristianos", comenta Gómara.

Pero la vida impone sus imperativos de rutina en Caxamarca, después de la masacre. Los pobladores --por mandato del inca-- vuelven a sus labores ordinarias. Una coexistencia familiar se establece entre españoles y nativos. No hay resistencia ni hostilidad visibles para los intrusos: los indios les ofrecen un servicio indolente, racionalizado; y las indias sus caricias procreadoras y sin besos.

La perspicacia aguda de Atahuallpa no penetra su extraña situasión. No sabe si estos hombres son amigos, pues lo han aprisionado; ni concibe que sean sus enemigos, pues que no lo matan. Su estructura religiosa ha canalizado en una sola dirección ascendente --que termina en el sol-- su concepción del mundo. No tiene para las cosas otra explicación que la teísta. Toda torcedura en el camino recto de sus pensamientos, lo desconcierta; pero no sabiendo la protesta para lo imprevisto, se resigna y calla.

Las relaciones entre españoles y nativos tienen una calma animal y vegetal. De entre las pallas hermanas del inca, Pizarro ha escogido su mujer: se llama Intip-Cusi --servidora del sol-- y es maciza de carnes, de color de barro cocido y amplitudes de cántara. Se llamará en adelante doña Inés, para servicio del machu capitu. Gonzalo y Juan --los dos menores de la dinastía-- escogen sus mujeres entre las ñustas más apetitosas; entran en la familia del inca. Los demás, se entregan a lo hancho de sus inclinaciones: Alcón y los más mozos persiguen a las indias zahareñas, de difícil sonrisa y de cópula fácil. Riquelme y los frailes hacen averiguación de la riqueza. Pedro de Candia descubre las maravillas de la chicha. Valverde, poseído de furor místico --no evangelizador como el de Motolinía o Gante-- dice a los pobres indios abandonados del Sol, el lado trágico de la leyenda cristiana. Y en nombre del Cristo de los azotes y de la crucifixión --no de las Bodas de Caná ni el Sermón de la Montaña-- bautiza, bautiza, bautiza.

Soto y Hernando Pizarro se han dedicado, con hidalguía española, a hacer menos dura la vida del inca. Ayudados del Martinillo, han enseñado al indio inteligente un vocabulario castellano suficiente para la comunicación cotidiana. El inca inicia a los capitanes en la vida --para ellos extraña por lo igual y justiciera-- de este pueblo distinto de la España individualista y feudal, que es todo su mundo. Soto y Pizarro sienten la superioridad moral de estos "salvajes" que viven la religión del sol y del trabajo; que aman el aseo y los beneficios del agua; que quieren entrañablemente a su tierra; porque es realmente de ellos.

Hernando Pizarro y Soto entretienen al inca con narraciones caballerescas de Flandes, de Castilla, de Italia. El inca trata de comprender a estas extrañas gentes para las cuales, en veces, el engaño es virtud y en otras se debe pagar con la muerte. Le interesa el duelo, como cosa monstruosa; y se hace repetir explicaciones sobre lo que los españoles llaman "el honor".

Soto, los Pizarros, los demás capitanes y los frailes, enseñan a Atahuallpa los juegos que practican cuando están en campaña: cartas, ajedrez, dominó. El ajedrez sobre todo, lo apasiona. A los pocos meses es más fuerte que sus maestros.

En la familiaridad cotidiana, Atahuallpa ha comprendido que a estos extranjeros les gusta --más que las bellas y buenas cosas como la lana, las llamas, el maíz-- el oro, el cori con que se hacen los vasos para la chicha de los incas, los adornos para las pallas y las ñustas. En ello ve el inca una posibilidad de salvación. Les habla del oro de sus aposentos, del de los templos, del de las casas de las Virgenes del Sol. Atahuallpa goza al ver cómo se incendian de codicia los ojos de estos hombres y entonces, con toda naturalidad dice a Francisco Pizarro, que a cambio de su libertad "...daría de oro una sala que tiene veinte y dos pies de largo y diez y siete de ancho, llena hasta una raya blanca que está a la mitad del altor de la sala, que será lo que dijo de altura de estado y medio, y dijo que hasta allí henchiría la sala de diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelos, y otras piezas, y que de plata daría todo aquel bohío dos veces lleno y que esto cumplirá dentro de dos meses".

Pizarro, alarmado por las dimensiones de los aposentos y poco capaz de calcular la probable cuantía de la fabulosa promesa, desconfió de ella. Pero pudo más su espíritu de tahúr de soldado de tercios, cuyo dios es el albur: aceptó gallardamente el envite del inca, como quien compromete su escarcela en un garito, a la primera carta.

Para complementar su ofrecimiento, y abrumar de oro y riqueza a sus aprisionadores, el inca les insinúa un viaje a Pacha-Cámac, en la tierra yunga, donde se halla el templo del dios mayor de los hombres del litoral, en el cual los de su estirpe nunca han creído completamente y solamente aceptado para contribuir con el respeto a las divinidades de las regiones, a la unificación del Tahuantin-suyu. Les dice que allí se encuentra mucho oro de adornos y de ofrendas; y como garantía de veracidad, envía un mensajero para que llame a su presencia al curaca y al sacerdote del templo, con el objeto de que éstos acompañen a los españoles que deban ir en pos de los tesoros. Cuando llegaron el sacerdote y el curaca, Atahuallpa se dirigió a los españoles y señalándoles al sacerdote, dijo: "El dios Pacha-Cámac de éste no es dios, porque es mentiroso: habéis de saber que, cuando mi padre Huayna-Capac estuvo enfermo en Quito, le mandó preguntar qué debía hacer para sanarse, y respondió que lo sacaran al sol; lo sacamos y murió. Huáscar, mi hermano, le preguntó si triunfaría en la guerra que traíamos los dos; dijo que sí y triunfé yo. Cuando llegásteis vosotros, le consulté y me aseguró que os vencería yo, y me vencísteis vosotros... Dios que miente no es dios!!!" González Suárez lo cuenta.

El gobernador envió con un grupo de soldados a su hermano Hernando. Le instruyó para que, al mismo tiempo que iba a recoger los tesoros indagara sobre el estado de ánimo de los indios y si había preparativos de sublevación. Hernando partió, y tras un largo viaje lleno de peripecias, volvió a Caxamarca, cargado de oro un rebaño de llamas y forradas de oro las patas de los caballos, para la larga marcha... Venía también con él Chalcuchima, uno de los más ilustres generales de Atahuallpa, vencedor de Huáscar. El viejo sinche, viendo al extraño acompañado por indígenas del cortejo del inca, no vaciló en ir con Pizarro hasta donde se encuentre su señor.

Al llegar a Caxamarca, Hernando dio rápida cuenta de su viaje al marqués. Afirmó que ni en pueblos ni caminos existían conspiraciones. Que había sido bien recibido por los indios, y que el gran sinche Chalcuchima estaba allí, sumiso y obediente, esperando la merced de ver de nuevo a su rey prisionero.

Fue emocionante y dramática la entrevista de Atahuallpa y Chalcuchima. Entró el sinche inclinado por el peso ritual; la emoción le hacía temblar las rodillas. Al ver al inca preso, se le cayeron las lágrimas. "Estos de Caxamarca no supieron defenderle --le dijo--; si yo hubiera estado aquí con los puruhás y los caranquis, esto no habría sucedido". El inca sonrió.

Durante el viaje de Hernando Pizarro a Pacha-Cámac, una conspiración de codicia, miedo y desconfianza cercaba al prisionero. Se hizo correr el rumor de que en Guamachucho se reunían sigilosamente los indios --espontáneamente o por orden de Atahuallpa-- para atacar a los españoles y libertar al inca. Pizarro se lo dijo a Atahuallpa. Y la respuesta del inca fue sarcástica: "¿me crees tan necio que estando en tu poder y pudiendo tú matarme al menor intento de rebeldía, ordene yo levantamiento? Están, además, casi llenas las salas con el oro del rescate: tengo confianza en que sabreís cumplir vuestra palabra. Pronto seré libre y amigo y aliado de vosotros". Como prenda de su veracidad, propone el envío de una escolta española hasta el Cuzco --que recorrería la mayor parte del Tahuantin-suyu-- para que se convenzan todos de que no existe ninguna rebeldía y además para que traigan el oro que más puedan de la ciudad sagrada.

Aceptó Pizarro --los ojos encandilados por el reflejo supremo del oro del Cuzco-- y envió un grupo de soldados, con Hernando de Soto, Pedro del Barco y el notario real a la cabeza. Días de andar. Y en un de ellos, ya cerca de Jauja, encontraron una escolta de indios que llevaba preso a Huáscar. Habló Soto con él. Y comprendió que si otro emisario llevaba hasta Pizarro las quejas del inca legítimo, la suerte de su amigo el prisionero de Caxamarca se haría aún más delicada. Resolvió regresar y dar cuenta a Pizarro de que, hasta Jauja, no había trazas de rebeldías; que había encontrado a Huáscar, que hacía grandes ofertas a los españoles a cambio de su libertad; pero que todo el imperio estaba completamente del lado de Atahuallpa, y sólo a él reconocían como señor verdadero.

Mientras estos viajes, en Caxamarca había sobrevenido un hecho capital, que variaba la fisonomía de la aventura: la llegada de don Diego de Almagro --14 de abril, "víspera de Pascua Florida" -- desde Panamá, con refuerzos de hombres y de caballos. El encuentro de los dos capitanes tuvo una apariencia cordial, pero el fondo era muy otro. Pizarro sabía que Almagro venía a reclamar su parte en el botín, de acuerdo con el contrato tripartito entre ellos dos y Luque --que para entonces había muerto ya--; pero ni él, ni menos sus hombres --autores de heroicidad de Caxamarca-- estaban dispuestos a admitir igualdad semejante. La priemra guerra civil de la América española había surgido.

La víctima de esa guerra se señalaba claramente: Atahuallpa. El oro del rescate llegaba a todos los rumbos del Tahuantin-suyu; los aposentos señalados por el inca estaban ya casi repletos. El momento de las sangre era anunciado por el oro. El ojo de águila del inca descubrió que la llegada del "tuerto" le era fatal. En efecto, Almagro y los suyos --secundados por el alma negra de Riquelme-- conspiran contra Atahuallpa, con el fin de anticipar el reparto del oro del rescate --en el cual presumían que no se les iba a dar igual porción que a Pizarró y a los suyos-- con el fin de seguir, libres de la inquietud de la guarda del inca, la conquista hasta el Cuzco, donde les esperaba a ellos --mas frescos y menos gastados-- un porvenir de hazañas y de oro.

Valverde y los frailes conspiraban también, hipócritamente. El dominico no podía perdonar a Atahuallpa su actitud despectiva en Caxamarca y la repulsión que siempre demostrara a su contacto y a sus pláticas. No podía perdonarle su regalo y sus mujeres, él, que se veía obligado a sostener ante los soldados, la farsa lacerante de su castidad.

Conspiraba el taimado intérprete Felipillo, hechura de Valverde, su confidente inseparable. Felipillo era de Túmbez y se había criado en su ambiente de devoción por Huáscar. Detestaba lo quitu. Y malgrado su cristianismo de pega, sentía una subconsciente reminisencia totémica por Pacha-Cámac, el dios de los yungas; por eso, la dureza de Atahuallpa para con el sacerdote del ídolo y el apoyo dado a la expedición de Hernando Pizarro, le hicieron agravar el odio tradicional que sentía hacia el descendiente de los caras. Sabiéndose, pues, apoyado por los españoles, que lo necesitaban, se dedicó a hacer lo más penosa posible la vida de Atahuallpa, con intrigas y espionajes inmundos. Alcahueteó a los españoles con las concubinas del inca y, para colmo de ultrajes, sedujo y violó a una de ellas. Informado el inca, protesto ante Pizarro. El viejo aventurero se rio... Pero Filipillo supo que Atahuallpa reclamaba su cabeza, y temeroso de que los españoles --cuya versatilidad conocía-- cambiaran de parecer y resolvieran complacer al cautivo, decidió acelerar su campaña contra él.

Las exigencias de Riquelme y Almagro, sobre el reparto del rescate, quebrantaron la resistencia del señor gobernador; y se procedió a la gran operación rapaz, premio mayor de la aventura. Para poder hacer más fácil y más igual el reparto, se dispuso a fundir las piezas de metal, los vasos maravillosos, las cántaras, los ídolos. "Veinte y siete cargas de oro y dos mil marcos de plata", de Pacha-Cámac; "ciento y setenta y ocho cargas de oro, y son las cargas de paligueros que las traen cuatro indios", desde el Cuzco... además de los aposentos rebosantes. Se reservó algunas piezas --espigas de maíz de oro, fuentes con aves del mismo metal-- para enviarlas al emperador de Madrid. La litera de oro le tocó al gobernador don Francisco. El resto del tesoro -- el botín de guerra más grande de que se tenía hasta entonces memoria-- fue repartido a sones de pregón muy cuidadosamente, después de deducir el quinto real.

Ya se encontraban en poder de los tesoros soñados los aventureros españoles. Pero la ilusión del oro fue penosa para ellos. Allí aprendieron el mito de Creso y supieron --sin comprenderlo-- que se puede ser pobre, carecer de lo indispensable, teniendo las manos enterradas en el oro engañoso y convencional. Soto debió pagar, entre grandes juramentos de rabia, una libra de oro por una hoja de papel para escribir a su madre. Pedro de Candia estuvo a punto de matar a un soldado de Almagro --de los recién venidos-- que le exige cincuenta pesos de oro por un par botas...

ANOCHECIO EN LA MITAD DEL DIA

Chaupi punchapi tutayaca...

Antes del reparto del oro, Pizarro llenó la fórmula de declarar cumplido por Atahuallpa el pacto de rescate. Pero el inca seguía preso, más estrechamente vigilado que antes. Todos sintieron que el episodio de Caxamarca, después del reparto, había llegado a su fin. Que no era posible prolongarlo sin mengua del éxito de la conquita. Pero quedaba en pie el gran problema: Atahuallpa. Tres soluciones se ofrecieron: enviarlo a España, con los conductores del quinto; seguir con él hasta el Cuzco; matarlo.

Las primeras eran sostenidas por Hernando de Soto, Pedro de Candia, Hernando Pizarro, Blas de Atienza, Antón de Carrión, Pedro de Ayala, los dos hermanos Chávez, Alonso de Avila, Francisco de Fuentes, Juan de Herrada, y algunos otros hidalgos de verdad. La última era aconsejada por Riquelme, Almagro y los suyos. El animador de la intriga asesina era Felipillo el intérprete. Y quien le daba visos de deber cristiano a la muerte de Atahuallpa ante las orejas indecisas de Pizarro, era Valverde.

Hernando Pizarro hacía mucho peso en el ánimo del gobernador. Era más viejo que él y mejor educado. Almagro --que lo detestaba desde Panamá-- resolvió alejarlo, de cerca de Francisco. Y para lograrlo, "el tuerto" optó por ponderar sus méritos de honradez y distinción, y proclamar que era el más indicado para ir a España llevando el quinto real y los obsequios al monarca. Y pidió que, para el cumplimiento de misión tan delicada, se le diera una porción de oro mayor que a los otros capitanes... El marqués era lo bastante astuto para no caer en las mullerías de su viejo socio; pero esta vez le convenía escucharle, pues comprendía que la aspereza y la rectitud fanfarrona del "viejo", agriarían sus relaciones con Almagro. Se decidió, pues, la partida de Hernando Pizarro a la metrópoli, con el encargo de llevar al rey "el oro del Perú". Cuando Atahuallpa los supo por el mismo Hernando, no pudo ocultar su abatimiento:

-Cuando te vayas, capitán, estoy seguro de que me van a matar tus compañeros. Ese "tuerto" y ese "gordo" convencerán a tu hermano que me mate. No me abandones, capitán...

Hernando se empeño en tranquilizarlo. Le aseguró que no partiría sin una promesa del gobernador de respetar su vida. Pero Atahuallpa desconfiaba... Realmente, Hernando habló altamente al marqués, y hasta le pidió llevar consigo al inca a España. Pero Francisco no quiso atreverse, y no accedió.

Después de la partida de Hernando, la conspiración contra Atahuallpa arreció implacablemente. Todos los argumentos se esgrimieron por parte de Almagro y los frailes: ofensa a Dios, mal sevicio a la Corona, traición a los indios. Felipillo echaba leña en esa hoguera. Siempre andaba hablando de conversaciones sorprendidas a los indios, de conjuraciones para asaltar a los españoles; finalmente --y aprovechándose de la llegada de unos indios del sur, partidarios de Huáscar-- inventa la existencia de un enorme plan indígena para libertar al inca, cuyo centro de acción y de reunión eran los campos de Guamachucho...

Ante una acusación así concreta, Pizarro tiene miedo. Desconfía de la pasividad de los indígenas. Su entendimiento basto y unilateral de soldado, no concibe cómo millares de hombres, en su propia tierra, no tramen algo para salvar a su rey y arrojar a los invasores de su suelo.

La causa de Atahuallpa es sostenida por Hernando de Soto y unos pocos con él. Para alejarlo de Caxamarca, Pizarro lo envía a Guamachucho, a comprobar la existencia del complot indio contra los españoles. Cuando Soto parte --seguro de traer consigo la prueba de la inocencia del inca-- Atahuallpa ve su causa definitivamente perdida.

En efecto, Felipillo consigue que se le encadene y se le guarde más estrechamente. Y luego, ya sin estorbo serio, Francisco Pizarro ordena la formación del proceso del emperador del Tahuantin-suyu. El grotesco juzgamiento se inicia. Como jueces actuarán Pizarro y Almagro. Secretario será Sancho de Cuéllar. Y al pequeño grupo de hidalgos descontentos se le permite nombrar por defensor a Juan de Herrada.

Cuando el proceso del inca se hallaba decidido, llegó un nuevo grupo de indígenas del sur. En medio de alaridos dolorosos, contaron a los españoles que el inca legítimo del Cuzco, Huáscar, había sido ahogado en el río Andamarca por la escolta indígena que lo conducía. Felipillo --árbrito de la situación-- agregó que la orden del asesinato había sido dada secretamente por Atahuallpa, temeroso de que Pizarro llegara en algún momento a entenderse con Huáscar y a protegerlo. La pérdida de Atahuallpa fue precipitada por esto. La hipocresia de los de Almagro y de los frailes, halló en esto un motivo concluyente: ellos que no se habían detenido ante nada y que luego se entreasesinarían, hicieron motivo de escándalo de este suceso de guerra, en el cual la responsabilidad directa de Atahuallpa no se halla ni siquiera lejanamente establecida.

Doce puntos de acusación sostuvo ante los jueces el Fiscal Riquelme, asistido por el charlatán Sancho de Cuéllar. Entre ellos sobresalen: que Atahuallpa es un bastardo y un usurpador; que ha hecho asesinar a su hermano Huáscar; que ha disipado las rentas del Estado; que ha cometido el delito de idolatría; que es adúltero, pues vive públicamente con muchas mujeres; que ha excitado a los pueblos a la revuelta contra España... Valverde dice uno de sus lúgubres discursos, y pide la muerte --invocándo los más tremendos textos bíblicos-- contra este salvaje, encarnación viviente del demonio que se hace adorar públicamente por su pueblo; que practica la más repugnante idolatría y que practica descaradamente uno de los pecados más horrendos: la poligamia.

Inútil es que Juan de Herrada invoque todas las leyes divinas y humanas en favor del inca; inútil que les diga que sólo el emperador tiene jurisdicción para juzgar a un rey vencido; que les proclame la inocencia de un hombre que ha vivido de acuerdo con su ley, y que no ha podido infringir leyes ni practicar religiones que no conocía. La causa estaba juzgada de antemano. Pizarro y Almagro --llenando hipócritamente las fórmulas-- condenaron a Atahuallpa a ser quemado vivo, a menos que se convirtiera al cristianismo, en cuyo caso le sería conmutada la hogera por el garrote.

Pedro Pizarro ha visto a su hermano Francisco con los ojos en lágrimas al salir de la sala del tribunal asesino... Eso no obstante, la misma noche de ese 29 de agosto de 1533, Atahuallpa debía ser supliciado en la plaza mayor de Caxamarca, antes de que Soto regresara con la prueba plena de su inocencia. Como un último esfuerzo, los defensores del inca hacen una consulta a los aventureros: hombres de la España negra, ganados por el fanatismo religioso y la codicia, diez sobre uno votan en contra del gran prisionero. Finalmente, Pizarro, para salvar un último escrúpulo de su conciencia y tener una defensa posterior, por si en España desaprobaban lo hecho, le pidió a Valverde su firma en la sentencia: sin vacilar estampó su nombre, precedido de una cruz este "inquieto, desasosegado y deshonesto clérigo...".

Cuando le fue comunicada la sentencia, Atahuallpa increpó a Pizarro su falsedad; le recordó haber cumplido --según declaración pública del mismo Pizarro-- el pacto del rescate; y le dijo que, mientras el y su pueblo no habían tenido para los españoles más que cuidados y afectos, ellos se lo pagaban con la muerte... Viendo inútiles los requerimientos, volvió de nuevo a su actitud aparentemente serena y, de acuerdo con sus ritos, recomendó al vencedor la suerte de sus hijos y de sus mujeres. En seguida conversó unos momentos con los amautas y los apus que estaban cerca de él. Ellos le recordaron que el espíritu de un inca no puede retornar al sol cuando su cuerpo ha sido consumido por las llamas del fuego terrestre, y le aconsejaron que se deje bautizar a fin de que le sea conmutada la pena.

Ese fue el momento del desquite sombrío de Valverde. Ya en la plaza, en medio de la hogera presta a ser incendiada y la horca, está el grupo formado por el inca y sus verdugos. El sol se ha escondido ya. Unas cuantas antorchas vacilantes alumbran el fatídico escenario. Valverde, rezonga salmodias y, después que el inca declara --por medio de los latines del acólito-- que abjura su infame idolatría y abraza la religión cristiana, vierte sobre la cabeza del gran rey las aguas del bautismo, imponiéndole con la unción y la sal, el nombre grotezco de Juan Francisco.

Cuando regresa Hernando de Soto con la noticia de ser falso todo lo de la conspiración de Guamachucho, se encuentra con el crimen consumado; se indigna el joven hidalgo capitán, increpa a Pizarro su precipitación, su cobardía, su injusticia; le asegura que esto le traerá el desfavor de la Corona, porque sólo al emperador le tocaba juzgar sobre la suerte del gran rey. Pizarro se confunde, echa la culpa a Valverde y a Riquelme; éstos se lanzan acusaciones e insultos, queriendo cada cual exculparse del asesinato. Así, pués, "la historia" --lo que ha dado en llamarse pomposamente "la historia"-- no ha tenido dificultad para rendir su fallo: lo rindieron ya, con sus disputas, con sus mentís, los tres principales actores del sombrío drama, declarándose culpables.

Una mujer indígena de la parcialidad de los zarzas dijo, al saber la noticia, la oración fúnebre máxima del inca y del imperio: Chaupi punchapi tutayaca. Anocheció en la mitad del día. El inca joven y fuerte murió en la mitad de su trayectoria vital. Y el gran imperio de Tahuantin-suyu, realizador de una cultura fuerte y sólida y de una organización política y social más sabia y más justa que la del occidente de ayer y de hoy, cortó su parábola en pleno desenvolvimiento. Pues es preciso afirmar que la disgregación del imperio que realizara el gran Huayna-Cápac en un momento de amor, se hallaba ya corregida por este hijo suyo, fuerte, sabio, rico de novedad y tradición.

Después... Fue la ridícula comedia de los reyes postizos --que siguieron y siguen poniendo en práctica todos los imperialismos-- para dar a los pueblos sometidos la irrisoria vanidad de una burlesca independencia. Después fue Vilcabamba y su protesta; la epopeya heroica y trágica del sinche mayor de la parcialidad de los quitus, Rumiñahui, "cara de piedra", y fue, por último, el gran grito heroico de Túpac-Amaru.

Hoy es la hora de construcción en Indohispania. Todas las voces --que se expresan indeclinablemente en español-- afirman su anhelo de vivir en justicia y en igualdad sociales. Desde el México eterno de Zapata, pasando por el Perú de Mariátegui, hasta el sur fecundo de afirmación y anhelos. Atahuallpa no dice en estas páginas su odio hacia Pizarro. Cuatro siglos ya. Atahuallpa y Pizarro esperan --y harán llegar-- la hora de la tierra y de la justicia.


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